jueves, 9 de diciembre de 2010

LA POLITICA Y LA IGLESIA


P.GREGORIO IRIARTE, OMI.


Para tener una idea clara de lo que se entiende por “política” conviene distinguir en ella tres distintos niveles:

a) “Lo político” abarca todo lo que se refiere a la vida de la sociedad, ya sea de carácter económico, social o religioso, tanto en lo personal como en lo colectivo. En el área de “lo político” podemos percibir que están presentes dos peligros: 1) el absolutizar los propios criterios u opiniones pretendiendo querer imponerlos a toda la sociedad y 2) el a-politicismo ingenuo que no llega a percibir la importancia de la dimensión globalizadora de lo político, cayendo en una total prescindencia personal de todo compromiso. El pedir y exigir que la Iglesia se dedique únicamente “a rezar” es caer en esa visión falsa e inoperante del “a-politicismo”. Ella surge de la idea errónea de que sólo los gobernantes y los dueños de importantes cuotas de poder tienen un pensamiento y unas capacidades apropiadas para encontrar soluciones al complejo fenómeno de “lo político.”

b) “La política, por el contrario, concierne a los partidos y a los gobiernos, mediante la conquista del poder y el ejercicio de ese mismo poder en bien de toda la sociedad. La forma más específica de acción política es la de los partidos. La política siempre está expuesta a caer en el maquiavelismo, que busca aumentar permanentemente las cuotas de poder, tratando de manejar y dominar las instancias más importantes del país.

c) “La politiquería” es la corrupción de la acción política cuando ésta se convierte en provecho exclusivo de las ambiciones particulares

La Iglesia tiene una dimensión vital en toda la existencia humana.
En el área de lo social es necesario que la Iglesia tenga una clara visión de los distintos planteamientos políticos para poder confrontarlos con los criterios del evangelio. Es su deber estar presente en el mundo para defender la paz y la justicia social a favor, sobre todo, de los más pobres. La Iglesia tiene una valoración positiva de lo político en general, así como del deber social de todas las personas. Los valores del evangelio son el mejor antídoto para no caer ni en la en la politiquería, ni en la corrupción, ni en el sectarismo o en el autoritarismo.

La Iglesia no puede identificarse con un partido político o con un gobierno en particular pero puede y debe poner en juego su autoridad e influencia cuando se trata de defender los derechos fundamentales de la ciudadanía y sus instituciones. En todo caso esta presencia de la Iglesia en nuestra sociedad debe estar animada siempre por una estrategia de diálogo permanente, buscando, en lo posible, el mayor bienestar para todo el pueblo.